Cuento literario la almohada maravillosa

Cuento literario la almohada maravillosa

Este cuento literario comienza con la entrada de un viejo sacerdote a un local que se encontraba al lado del camino que conducía a la gran ciudad. Le pidió a uno de los camareros que le asignara una mesa y cuando por fin consiguió lugar, colocó en las sillas dos grandes sacos que cargaba.

Después un mesero se le acercó a tomarle la orden y en ese momento entró un muchacho mal vestido que sentó en una mesa contigua a la del sacerdote. Dicho sea de paso, ese lugar era conocido por demorar mucho en llevar las órdenes a la mesa, motivo por el cual los dos hombres entablaron una amena charla.

– No me gusta la vida que llevo. Laboro todo el día sin descanso y lo único que puedo comprar para vestirme es ropa usada y un par de zapatos viejos. Dijo el muchacho.

– Sin embargo, creo que en cuestión de alimentación no tienes tantas dificultades, pues observo que eres un chico fuerte y sano. ¿Cuáles son tus aspiraciones en la vida? Le cuestionó seriamente el sacerdote.

– Antes que otra cosa me gustaría encontrar un puesto en el que pudiera ganar mucho dinero y así ayudar a familias. No sé, quizás entrar al colegio militar y recibirme con honores, para que en un futuro no muy lejano, pudiera formar parte de la guardia imperial. Respondió el joven.

– La comida que pedimos todavía va a tardar un poco en llegar a la mesa. Así que ¿por qué no aprovechas y tomas una siesta? Yo te despertaré cuando los platillos estén listos. Dijo el viejo.

En ese instante, el hombre sacó de uno de una de sus bolsas una almohada y le dijo al chico que reposara su cabeza sobre ella, ya que se trataba de un artilugio mágico que le permitiría conseguir todas sus metas, con tan solo cerrar sus ojos y entrar en un profundo sueño.

El joven empezó a soñar y se veía asimismo estudiando en la gran ciudad y obteniendo diplomas y reconocimientos por su estancia académica. Pronto fue llamado por las fuerzas imperiales y se convirtió en uno de los consejeros del emperador.

Las recompensas monetarias llegaron también muy rápido. Compró una casa grande para él y otra para el resto de su familia. Se casó con una de las muchachas más lindas de la ciudad.

Sin embargo, transcurrido el primer lustro de subida de opulencia, un emisario fue enviado a su casa con el propósito de arrestarle por haber revelado secretos de estado al enemigo. Ni todo su dinero, ni su sapiencia pudieron salvarlo de ser enviado a la horca.

Momentos antes de que el verdugo jalara la palanca que accionaría el mecanismo de la misma, fue despertado por la pausada voz del sacerdote quien le decía:

– Las gambas han llegado a la mesa muchacho, es hora de comer.

– El joven se levantó de su asiento y de inmediato se puso de rodillas, tomándole la mano al anciano.

– Muchísimas gracias por la enseñanza que me acaba de regalar. Le juro que volveré a menospreciar mi trabajo, pues ahora sé que si quiero conseguir la vida que planeo, tendré que esforzarme al máximo, sin menospreciar lo que hago.

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